Nueva York, Día 5: 27/07

El día 5 hicimos un popurrí de actividades.

Pero primero lo primero, el desayuno: Fuimos a un restorán a un par de cuadras de la casa donde Benja se comió unas tostadas francesas y yo unos panqueques. Igual que el otro día, pero sin las papas fritas ni el choricillo (?!). De todas maneras quedé excesivamente llena, hasta llegar a pasarlo mal pese a lo exquisito que estaban, y decidí que de ahí en adelante sólo comería cereales o algo más liviano para el desayuno. Los gringos están locos! Extrañamente, en Nueva York he visto más presuntas anoréxicas que obesos (Una vez vimos uno que tenía que caminar con burrito para acarrear su guata, mientras que dos o tres veces al día veo a alguna mujer anormalmente flaca). En fin, caminamos por Broadway metiéndonos en tiendas de todo tipo hasta Union Square, donde está la Strand Book Store. Es una librería enooooorme y baratísima, con todos los libros habidos y por haber. Por 11 dólares (5500 pesos)  me compré una edición de prefacios famosos, Romeo y Julieta porque tengo que leerlo para la vuelta a clases, y un libro de Hemingway, que fue lejos lo más caro. Benja se compró un libro de Annie Leibowitz y uno sobre arquitectura en Nueva York a 13 dóleres (6500). Es un verdadero mundo; comentamos con Benja que era tan interesante como un museo. Como todo acá, angustia por lo grande y el poco tiempo, pero ese es un sentimiento que de a poco estamos aprendiendo a dominar. (A menos que decidamos quedarnos a vivir vendiendo Nuts 4 Nuts en Times Square, paronama bastante prometedor).
Después almorzamos un sandwich y seguimos caminando por Broadway, con intenciones de ir a B&H, una tienda de cámaras y cosas que yo no entiendo, pero nunca llegamos porque nos quedamos pegados en las tiendas que encontramos en el camino. Pasamos por un sector con varias tiendas de repostería en las que vendían todos los implementos, adornos, colorantes e ingredientes habidos y por haber. No contaré detalles, sólo diré que encontramos más de un regalillo… Una vez que logramos re-emprender la marcha, paramos por Eataly nuevamente y esta vez yo me comí un helado riquísimo frente al Flatiron. Extrañamente, Benja no se comió nada. Debo decir que ha estado sorprendentemente medido con los dulces; quizás la idea de tener que elegir uno (o incluso varios) de la infinita posibilidad lo angustia. La cosa es que por momentos no lo reconozco.
Finalmente nos dimos cuenta de que ya era muy tarde para B&H, porque teníamos que recoger las entradas al Cirque du Soleil temprano. Sí, nuestra vida es muy difícil. Caminamos por Park Avenue, que como la quinta y sus paralelas, es la típica calle neoyorquina de edificios infinitos, llena de taxis amarillos tocando la bocina y gente de todas las razas posibles gritando en la vereda. Pasamos por la Grand Central Station, que es la estación de trenes, y le echamos un lukin a la tienda de apple, que es un conjunto de mesones con iPads e iPods sin límite definido en la mitad de la estación. En el Radio City Music Hall recogimos las entradas y seguimos caminando hasta la 60 con la 2a, donde tomamos el Roosvelt Tram. Pero antes, paramos en la otra tienda de Apple, que queda en una plaza frente al Central Park. Es un cubo de vidrió por el cual uno desciende, por un ascensor de vidrio también, al subterráneo donde está la tienda, que está repletísima siempre. El cubo y el ascensor son impresionantes, el minimalismo de Steve Jobs llevado al máximo. Paramos ahí unos 5 minutos, subimos y bajamos en ascensor (sí, hay videos), y seguimos caminando.
A esas alturas, habíamos caminado como mínimo unas 60 cuadras, y teníamos los pies molidos. Pero por fin llegamos al Roosvelt Tram, que es un teleférico parte de el transporte público que atraviesa el East River hasta Roosvelt Island, una isla residencial donde además suponemos que hay un centro de rehabilitación porque vimos a mucha gente andando en silla de ruedas a motor (mucha!). O son todos super flojos. Benja desde lo profundo de su subconsciente dijo que los envidiaba en ese momento, y yo lo reté por ser tan políticamente incorrecto. La cosa es que el teleférico tiene una vista increíble del este de Manhattan, y no es ni un poco turístico. Es un panorama corto y entretenido que definitivamente vale la pena, nos lo recomendó José.
Ya de vuelta en Manhattan tomamos un taxi (nada más glamoroso que tomar un taxi en Manhattan), y llegamos al teatro, que de por sí es increíble. El espectáculo estuvo, valga la redundancia, espectacular. Creo que ponerme a describirlo en este momento sería irme demasiado por las ramas, así que solo diré que es impresionante, demasiado bien hecho, hasta el último detalle planeado con manía. Ni me imagino el presupuesto ni los años de preparación para lograrlo.
Salimos del teatro tipo 9:30 y partimos a la casa en metro, que por suerte pasó rápido y ya sabemos usar a la perfección. Llegamos a ordenar porque al día siguiente (es decir, ayer), partíamos a Washington en la mañana. Justo llegó Edward, el dueño de casa, cuando teníamos las dos maletas dadas vueltas y todo lo que habíamos comprado repartido, así que creo que pensó que somos un par de compradores compulsivos con el mal de diógenes. Hizo como que no le impresionó, y no nos comentó nada porque en verdad es muy buena onda. Estaba arreglando su bici porque ayer partía a philadelphia (que queda como a 100 millas) con su polola por el fin de semana.
Cuando, después de horas, terminamos de ordenar, nos costó un mundo dormirnos porque en el patio al que da nuestra ventana, donde la noche anterior habían dos gringos conversando, esa noche había un carrete con música fuerte y gente riendo. Benja logró dormir, pero yo solo dormité hasta que la cosa se acabó (con los Red Hot Chili Peppers -por suerte-, pero a mil decibeles), lo que trajo sus repercusiones al día siguiente.

Éste ha sido uno de los desayunos más chicos que hemos comido en USA.

Después de la librería Strand (no sacamos ninguna foto, no sé porqué) , llegamos al paraíso de la gente que le gustan las mostasillas.

La amalia en el Flatiron District comíendose un helado demasiado rico del Eataly.

Impresionante lo grande del lugar y la cantidad de gente en movimiento. La ausencia de animales de Madagascar saltaba a la vista.

LEJOS lo más impresionante de esta cúbica tienda es el ascensor redondo.

Para los que les sobre el tiempo, un video de nosotros subiendo el iAscensor del Apple Store:

Harto más wenos que los del San Cristobal.

Vista de uno de los teleféricos desde un pasto muy rico de la isla Roosvelt. Las siluetas son de Manhattan.

Extrañísimamente, se pasearon unos 6 ó 7 de estas sillas en nuestra estadía de menos de una hora en la isla. En casi cualquier otra parte del mundo este gallo sería considerado una minoría extrema.

Vista desde el teleférico de vuelta a Manhattan (izquierda) desde la isla Roosvelt (derecha).

En el increíble Radio City Music Hall, esperando Zarcana, del Cirque du Soleil.

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Publicado en Viaje a Nueva York
One comment on “Nueva York, Día 5: 27/07
  1. Anónimo dice:

    estoy gozando con esto…me entretiene mucho leer cada detalle…saludos para ambos…disfruten…por ultimo amo los pañuelos y los gorros…saludos

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