Mis pinturas: Apasionados

 

Para más información de las pinturas, revisar la página de SaatchiArt.

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Wes Naman

Wes Naman, un fotógrafo gringo de la tierra de Walter White (Albuquerque), ha estado haciendo harto ruido virtual últimamente porque hizo pública su serie de retratos poco convencionales “Scotch Tape”. Disfruten.

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Alexa Meade Lo Hace de Nuevo

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Alexa Meade, la misma artista que pinta sobre humanos y que en el Lego Amarillo tratamos de imitar a través del trabajo de Victoria Tirado, se une a Sheila Vand para experimentar con leche blanca. En un TED talk explica el proceso que la sacó del estudio de ciencias políticas y que la arrastró al mundo del arte.

 

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Button Poetry – Letra Hablada

Descubrí hace un tiempo a Button Poetry. Hay unas declamaciones increíblemente buenas.

Ejemplos:

 

 

 

 

 

 

Y hay tantos más, ¡tantos tan buenos!..entren aquí y salgan cambiados http://www.youtube.com/user/ButtonPoetry

Si ven uno que les guste compártanlo en los comentarios para verlo también (:

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Slowlene

Para retomar la escritura fluida en el LegoAmarillo, voy a empezar esta nueva temporada de entradas con una bien corta pero interesante:

¿Conocen la canción “Jolene” de la Dolly parton? bueno, aquí se las dejo para que la escuchen los que no la conocen.

Lo que acaban de escuchar los que efectivamente le pusieron play al video es la versión original, grabada en 1973, de Jolene a 45 revoluciones por minuto (RPM). Qué tiene de interesante esta canción? nada mucho, pero si se le baja la velocidad como en un 25% y se deja en 33 RPM, la canción queda sorpendentemente buena:

Igual sería choro ver qué canción famosa o típica mejora cambiándole la velocidad, ah? si encuentran alguna me avisan en los comentarios y actualizo la cuestión.

via (22words.com)

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La Habana, Día 4: 1/05/13

Miércoles 1 de mayo (día del trabajador)

Día 4 de 5, último día de filmación. El miércoles fue un día larguísimo así que paciencia. Voy a tratar de contar solo los hechos más importantes partiendo por mi, ahora famoso, desayuno Nutecino® a las 7am. Habíamos quedado la noche anterior en salir en un grupo a la Plaza de la Revolución al desfile de los trabajadores y ver de qué se trataba el 1 de mayo en Cuba. Así que partimos, Eliza, Denmark, Ligia y yo en dos bicitaxis. Íbamos de lo más bien en nuestro carruaje burgués cuando, de la nada, aparecieron en otros bicitaxis Calan, la Nati y Leenke gritando como locos arreando a los pobres cubanos. La escena se volvió incluso más absurda cuando cada uno de nosotros quiso registrar de manera exclusiva este momento pensando que nadie más lo haría. Así que ahora hay 7 videos como éste repartidos por todo el mundo:

Turistas aprovechadores.

Como las calles cercanas a la Plaza estaban cerradas por lo masivo del evento, nos bajamos como a 7 cuadras y caminamos uniéndonos a distintos grupos de trabajadores estatales, cada uno celebrando y haciendo ruido a su manera. Nos costó ubicarnos, había muchísima gente que caminaban en todas direcciones. Nosotros nos metimos a un grupo y caminamos con ellos y nos cruzamos con otro que iba en la otra dirección. De repente se empezó a escuchar ese ruido característico de los actos verdaderamente masivos que se siente como si viniera de todas partes y se multiplicó cuando nos topamos con la arteria principal del desfile. Era un mar de banderas cubanas caminando a paso sabroso en dirección al memorial de Martí que se veía a lo lejos. Obviamente me uní y, entre la gente y las distintas agrupaciones de trabajadores, nuestro grupo se desarmó dejando a cada uno por su cuenta.

Después de caminar un buen rato saltando de grupo en grupo llegué al frente del memorial y la gente me hizo notar con gritos de histeria que un viejo chico con guayabera blanca que nos saludaba desde una especie de balcón era nada más y nada menos que Raúl Castro! Traté de registrar con el iPad la alegría (bastante fanática) que había en el aire y la cantidad de gente para ver si salía algo que me sirviera para incluir en el video pero no se alcanzaba a ver bien y terminé guardándolo y contestando los cantos de “Viva Fidel y Raúl!” con un “Viva!” que me salía del alma.

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Qué momento más impresionante! Jamás en la vida me imaginé que iba a desfilar frente a Raúl Castro en un día del trabajador en homenaje al comandante Chávez por la continuidad de la Revolución. Ni siquiera me di cuenta de lo que estaba haciendo, yo solo trataba de encontrar el espíritu de La Habana, lo juro!

Ya pasada la hiperventilación causada por esa experiencia que no se vive dos veces, seguí caminando con una masa de gente más relajada como por 8 cuadras más hasta donde el tráfico ya no estaba cortado y los grupos se empezaban a separar. Como ya eran como las 10 am y todavía me faltaba grabar a Rosita declamar y decidir qué otros clichés iba a analizar no podía perder ni un segundo así que me subí a otro bicitaxi que me llevó directo al Parque Central. En el camino, como ya era costumbre, me fui hablando con el “chofer” y, como esta vez iba solo, le hice preguntas políticas algo delicadas que después de dudar un poco se largó a contestar desde lo más profundo de su corazón antirevolucionario.

Le pregunté primero si ya había desfilado como todos los trabajadores y me respondió que no podía perder tiempo, que si marchaba se perdía valiosos clientes y su familia no comería esa noche. Además no todos tenían que marchar. Decía que la marcha era con asistencia obligatoria para los trabajadores estatales, lo que no significa que le vayan a cortar los dedos a los que no fueran pero que sí “les harían la vida muy difícil en el trabajo”. Para cerciorarse que los trabajadores vayan, los jefes citan a los trabajadores en cierto lugar a cierta hora para partir desfilando todos juntos. Y como él era “cuentapropiísta”, no tenía un jefe directo así que nadie tomaría nota si iba o no iba a marchar. La conversación cambió de rumbo a partir de sus comentarios del lado difícil que tiene no trabajar para el estado y me habló de lo complicado que es salir de Cuba. Si bien desde que Fidel dejó el poder hay más libertades, lo que le cobran a un cubano en impuestos y burocracias por salir y entrar al país no se alcanza a pagar en “una vida de trabajo honrado”. Menos si tienes una familia que mantener.

Era hora de dar vuelta la página y de seguir con el video. El taxista me dejó en el Parque central y me fui directo a la casa de Rosita. Le toqué la puerta y abrió Ariel con una sonrisa que me invitó a pasar. Apareció ella por la cocina y se rió al verme otra vez ahí por cuarta vez en 4 días, de nuevo estresado por el tiempo, y de nuevo pidiéndole que actúen para mí. Como siempre y con el mejor ánimo, me  pusieron mucha atención mientras trataba de explicar lo que quería hacer. Una vez que me entendieron, salimos al patio interior que tiene su edificio que es bastante antiguo pero muy bonito y Rosita se puso a recitar los Versos Sencillos de José Martí con un talento para enganchar al espectador que hace que la experiencia de escucharlo así de cerca sea muy especial. Después de varios intentos por errores míos (ella no se equivocó nunca) como tapar el micrófono con el dedo, mover mucho la cámara y filmar a contraluz, etc., pudimos grabar una buena versión de un poco más de un minuto, muy apasionada, de una selección de estrofas hecha por ella.

Conforme con el resultado, entré de nuevo a la casa y mientras nos tomábamos un café me contaron la historia de la canción. Martí escribió los Versos Sencillos y Joseíto Fernández los usó de letra para su canción en 1928. Mucho después ya en los 60′, el americano Peter Seeger la popularizó por el mundo entero con una versión muy divertida y de esa salió la versión de la Celia Cruz que yo conocí cuando chico. Me despedí de Ariel y Rosita y les agradecí a los dos de nuevo por todo y me fui a recorrer el barrio cercano en busca de buenas imágenes de otros clichés.

Solo fui capaz de filmar algunos autos antiguos pasar y después de como una hora de infructífera búsqueda de cómo abordar el tema me bajó un ataque de estrés horrible por no estar llegando a ninguna parte. Estaba solo perdiendo el tiempo y muy buenas horas de valiosísima luz de sol así que me fui al hotel medio desesperado a tomar una decisión. Ya era pasada la 1 de la tarde y, viendo el material de Raúl el trovador junto con el de Rosita declamando a Martí me di cuenta que si bien las imágenes eran conmovedoras, no quedaban bien juntas (mi intención era poner la música de Raúl como fondo de la poesía) y quedaba muy fome. Y me gustaban las interpretaciones de la canción y de la poesía pero visualmente estaban horribles: las imágenes de Raúl lo mostraban en su decadente asilo sin gracia alguna y las de Rosita estaba excesivamente larga y no representaba el ritmo dinámico, movido y alegre que quería para mi video. Yo quería un video entretenido, que luciera los mejores lugares de La Habana, me lo imaginaba con bonita fotografía, con movimientos choros de cámara, con buen audio, buenas actuaciones, que no tuviera un segundo de más, pero el resultado hasta ese momento solo me mostraba una Habana en decadencia, viviendo del pasado y sin nada que rescatarle más que lo que ya fue. Así jamás me ganaría el año sabático viajando por el mundo.

Encontrar cada vez más cosas malas del material que llevaba no me gustó nada. Como una forma de mecanismo de defensa en momentos de estrés, yo creo que uno se autoconvence de que las cosas no están tan mal como piensas, pero darse cuenta de ese mecanismo en acción es lo más deprimente que hay!

Por unos minutos tomé la decisión de no entregar ni un video y dedicarme a disfrutar de lo que me quedaba en la ciudad, de ir a almorzar a los riquísimos restaurantes a los que estaba invitado (que no había aprovechado ese día ni el anterior por estar trabajando) y olvidarme por primera vez desde febrero de la competencia.

En medio de los lamentos por la triste situación en la que me encontraba me acordé de una de las “máximas para la vida” que había escrito en Santiago el año pasado para seguir en momentos decisivos: “Nada es peor que el arrepentimiento por lo que no se hizo”. Ya estaba en La Habana, nunca más en mi vida iba a estar tan cerca de poder ganarme un viaje por 12 países, por 12 meses, todo pagado así que valía la pena un último esfuerzo. Decidí hacer justo eso: una serie de máximas para vivir la vida con la actitud de un cubano. Llamé a la Amalia en Chile (sí, daba un poco de dolor de bolsillo) y le pedí que me mandara al mail ese documento word que juntaba esa serie de máximas. Hablar con ella, decirle que me había decidido por fin por eso y contarle qué era de mi vida (había estado muy desconectado por lo malo del internet y lo caro de las llamadas) me dejó tan tranquilo que el hecho de pensar que me quedaban no más de 6 horas de luz del sol para grabar apenas me importó.

Tomar la decision de ignorar todo lo que llevaba y partir de cero cuando me quedaba tan poco tiempo me importó menos de lo que debiera haberme importado. Con un poco más de perspectiva hoy sé que tomé una buena decisión y que esa reacción calmada pudo haber sido una actitud que los cubanos me traspasaron durante la semana. El tema del tiempo en Cuba es curiosísimo: la gente no se guía por el reloj. Su sistema de medir el tiempo se basa en hacer las cosas dándole prioridad al no angustiarse por lo que no vale la pena. Con eso en mente, y mucho más relajado, seguí.

Bajé al lobby con un plan en la cabeza que no podía estar más claro que consistía en ir a grabar de nuevo a Rosita y a Ariel dando cada uno, en frases muy cortas y rápidas, una instrucción de cómo enfrentarse a las adversidades de la vida con el optimismo cubano que, por lo menos ellos, tenían metido hasta la médula. El problema surgió cuando me topé en la puerta del hotel con Pablo Mizgier, el brand manager chileno, con el que había quedado el día anterior en grabar mi parte de la nota que los reporteros de chilevisión estaban haciendo. Ya lo había dejado plantado antes así que en verdad no podía seguir posponiéndolo. Pablo llamó a los reporteros que estaban por ahí cerca y, con cámaras y toda la parafernalia me dijeron que haga como si no existieran.

Les hice saber mi falta de tiempo y me insistieron que solo tomaría un segundo. Fue una hora. Alexis, el reportero me decía “haz como que grabai no mas, si es pa la tele” y Mauricio el camarógrafo daba vueltas alrededor mío mientras yo filmaba a un extraño prendiendo un cigarro. Cada vez que pensaba que habíamos terminado me pedían “una última cosa” como preguntarle cosas a una manicera, a un grupo que estaba conversando, a un taxista, etc. Todas, cosas que de verdad me había dedicado a hacer en Cuba. Igual lo pasé bien haciéndoles el show y el resultado quedó bien divertido.

Ahora sí que sí me quedaba poco tiempo, tenía literalmente nada de material y me quedaban como 4 horas de luz de sol para grabar en la calle. Me despedí y me fui corriendo a la casa de Ariel y Rosita… como siempre. Ésta fue la visita más corta que les hice y la más fructífera: a esta altura ellos casi no hablaban y esperaban mis instrucciones. A Rosita, mientras la llevaba al patio de su propia casa le decía que dijera, mirando a la cámara y con la pasión y talento que la caracterizan “vive la vida como si fuera una poesía” y que procediera a decir una corta y positiva estrofa del poema que antes había declamado entero. Todo esto con una botella de ron Havana Club en la mano como si fuera un brindis por la vida. Salió perfecto a la primera. Aaaah se me olvidaba describir el método chorísimo que aprendí en internet antes de partir que usé para grabar el video! El método consistía en hacer un trípode a partir de un cordel y así estabilizar la imagen sin problema. Así:

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Apuradísimos, subimos a la terraza de esta pareja adorable y Ariel pasó a explicarle al mundo la filosofía con que vive su vida y la que todo el viaje me puso muy nervioso porque me afectaba directamente: “con o sin tiempo, haz las cosas con calma!”.

Perfecto, llevo 2 instrucciones, eso equivale a…. 15 segundos de video. Me quedan 105. Abracé a cada uno agradeciéndoles por todo y desparecí por la calle. Estuve 5 minutos en el lobby del hotel bajando el mail de la Amalia con las máximas para la vida que me sirvieron para sacar ideas mientras caminaba por la calle buscando gente positiva dispuesta a aparecer en el video a cambio de nada.

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Rosita y Ariel en la terraza del edificio.

Problemas, risas. Más problemas, más risas!

Las próximas 3 horas me las corrí por la Habana Vieja y el Malecón entero (sus 8kms!) y conocí a muchísima gente y me reí con muchísimos extraños. Encontré sentada en la puerta de su casa a Paula, la “tía” que recrutó a su familia entera para que dijeran distintas instrucciones a la cámara, fue la que dijo mi frase favorita para este encargo que era la que me había enseñado Ariel el taxista cuando llegué el primer día: “Problemas, risas. Más problemas, Más risas!”. En 15 minutos había grabado como 3 ó 4 frases que, si bien habían salido movidas y con tiempos muertos, me servían para lo que quería hacer. Con el poco tiempo que me quedaba no me podía dar el lujo de ponerme quisquilloso con la calidad que el iPad me ofrecía. Después de todo, casi todas las personas que actuaron lo hicieron con la mejor actitud y con la alegría que quería transmitir el video final. La cosa iba bien así que seguí caminando.

En el malecón me encontré con un vendedor de frituras acarameladas que después de varios intentos resumió mi propia filosofía de vida diciendo “goza los dulces” mientras apuntaba orgulloso su producto chorreante de aceite. Me comí dos bolsas. Absorvido por completo por la calma que te transmite el paseo por el Malecón, me fui pensando en cómo unir cada una de estas frases. Me senté mirando la ciudad y saqué mi croquera para ver cómo hacer que no quede aburrida tanta frase tirada al aire.

Le di una estructura que me imaginé acompañada por una música increscendo que haría inevitable que al final del video cada espectador terminara con los pelos parados de la emoción que le causaría experimentar semejante remezón al alma. Obviamente, ese no fue el resultado y fue muy frustante no poder lograrlo. Antes de poder ordenar todo el material en función de una buena canción tenía que tener material así que me iba a concentrar en eso ahora. Seguí caminando y me encontré con tres personas que, con la mejor de las voluntades, actuaron para mí pero terminé descartando por mañas propias: una mujer que tocaba en la tuba una canción muy fome, una pareja que se daba un beso muy asqueroso y un hombre con el que simplemente no me pude comunicar.

Como si se tratara de shakespeare, cuando volvía a perder la esperanza, el clima correspondió mi estado anímico con una lluvia torrencial, lo que me obligó a refugiarme en un pilar (la lluvia era casi horizontal). En mi escondite secreto me sonó el celular (lo que fue muy raro porque estaba en Cuba) y era Sam, de Saatchi. Me dijo que me había visto desde un taxi refugiándome en ese pilar y que la esperara porque me querían hacer un seguimiento para un video de registro. La prensa no me dejaba crear.

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Les juro que minutos antes de esta foto estaba lloviendo torrencialmente. foto: Richard Heald

Dejó de llover y se bajaron del taxi que paró al otro lado de la calle los 4 integrantes del grupo de registro de Saatchi. Me dijeron que siguiera trabajando y que los ignorara, así que crucé la calle dejando el malecón y me dirigí a un grupo de niños que estaba jugando futbol. Les ofrecí una bolsa de frugelés que me traje de Santiago a cambio de que gritaran a la cámara con el mayor entusiasmo que puedan: “pásalo bien!”. Tomó alrededor de 10 intentos porque cada vez que salía bien, uno de los niños mostraba el dedo garabatero, haciendo que la toma fuera inservible. Le decía a ese niño que si no hacía lo que le pedí no habría dulces para él.

La cara de horror con la que los 4 de Saatchi observaban y registraban la escena me hizo ver que desde afuera me veía como un pedófilo que ofrece dulces a cambio de favores. A esa altura no me importó nada y seguí extorsionando a la insoportable criatura. La toma como de 4 segundos terminó quedando entusiasta pero un poco sobreactuada, pero sirvió y seguí con mi video.

Me colé en el taxi que los ingleses tomaron para volver al hotel y me dejaron en la Habana Vieja, donde, me escapé al lado más pobre y menos turístico. En las calles había barro por la lluvia de hace un rato y el reflejo en el suelo de los últimos rayos de sol hacía que se viera una atmósfera dorada digna de un cuadro. Esa pintura sumada a la actitud festiva de día feriado hacían que se diera un ambiente en las calles que nunca me había tocado vivir. Todos vivían la calle como si fuera una extensión de su living y trataban a los que pasaban por ahí con la calidez con la que un dueño de casa trata a sus invitados. Las mujes copuchaban, niños jugaban baseball y los viejos dominó. Todo esto se repetía en varias cuadras a la redonda y, lo mejor de todo, no se veía ni un solo turista.

Cada una de las personas a las que le pedí ayuda me la dio. Si usé o no el material es porque yo no fui capaz de transmitir lo que quería que hicieran, pero todos pusieron de su parte. Casi siempre contentándome con el primer resultado pasable que saliera, con ese ambiente de domingo en la tarde, me fue muy fácil juntar las instrucciones que me faltaban. Las últimas las hice realmente apurado porque las imágenes estaban empezando a quedar con esos granos típicos que aparecen cuando hay muy poca luz.

A primera vista, la filmación parecía estar lista. Eran las 7 y algo, estaba lejos del hotel y tenía que juntarme a las 8 allá para ir a comer. Como el iPad había que devolverlo el próximo día a las 9, tenía tiempo suficiente para comer rápido con el grupo y editar en la noche. Llegué al Parque Central con tiempo de sobra para disfrutar el camino hablando con un vendedor ambulante de libros cuyo diploma en microbiología no era suficiente para conseguirle un trabajo decente.

Alcancé a ducharme y pensar en la estructura del video una vez más y me acordé de esas imágenes muy buenas que había grabado en el citytour que me hicieron Ariel y Rosita en donde se veía cómo unos maestros que estaban arreglando unos adoquines sacaban la vuelta cantando y bailando. Se me ocurrió que con el tiempo que me faltara para llegar a los dos minutos mínimos de duración podría rellenarlos con esa buena muestra de espontaneidad de la cultura cubana.

Con el grupo de cámaras de Chilevisión y de registro de Havana Club siguiéndonos, me fui con Ivaylo de Bulgaria, Sergii de Ucrania y Evi en un Buick del 52′ al Café Laurent que tenía una terraza con una vista increíble al hotel Riviera, edificio que alguna vez en la historia fue el más alto del mundo. Me senté con Stamatis, la Nati, Calan, Denmark y los jueces Ben y Vicky. En el horizonte se veía una tormenta eléctrica espectacular que con sus relámpagos que cruzaban el cielo entero hacían que nuestra langosta (gigante!) pasara a segundo plano. La vida nunca me dejó de sonreír.

Nos contamos qué hicimos durante el día y nos dimos cuenta que estábamos todos en las mismas, nadie había terminado el video y todos planeaban pasarse la noche editando. Dejando por un rato el tema de lado, Ben nos contó alguna de sus aventuras viajando por islas paradisíacas durante “El Mejor Trabajo del Mundo” y Vicky nos contó más de sus múltiples viajes. Nos comentaron que el hecho de que nosotros hayamos alcanzado a ir a comer (muchos se quedaron editando en el hotel) era algo que debía ser tomado en cuenta a la hora de la deliberación final porque, después de todo, el ganador del año sabático iba a tener una enorme responsabilidad de llegar a todas partes a la hora y juntarse con un millón de personas a cada rato y sin mostrarse cansado. Ben decía que cuando se ganó el premio del “Mejor Trabajo del Mundo” pensó que iba a dedicarse a descansar en unas islas a pensar y escribir pero que resultó ser agotador el hecho de tener que ir a 62 islas en menos de 6 meses.

Ya era tarde y hablar de tanto premio entretenido nos motivó a ir a trabajar. Los finalistas nos retiramos en bus y, una vez en el hotel, cada uno se encerró en su pieza hasta tener algo que entregar el próximo día.

No quiero seguir aburriéndolos con la edición del video pero les puedo decir que me faltaba mucho para llegar a los dos minutos de duración y que la idea de unir todo con la canción filmada en la calle pudo no haber sido la solución más elegante pero sí la más eficiente.

A las 6 am, el video estaba listo. Estaba estructurado, alegre, dinámico y subtitulado en inglés. Tiene un millón de cosas que le arreglaría hoy día como los varios tiempos muertos, la falta de emoción del final, o un par de frases que no quedaron como quería pero para el objetivo para el cual fue hecho cumplió y quedé conforme. Éste es el video que presenté, espero que les guste:

El próximo día presentaría frente a los jueces a las 10:50 y anunciarían en la comida al ganador del año sabático. Apenas pude dormir una hora.

Publicado en La Habana

La Habana, Día 3: 30/04/13

Martes 30 de abril

Día 3 de 5. Me desperté como a las 7 estresado y ansioso por empezar a hacer el video. Llevaba desde el 25 de marzo pensando qué hacer y el día por fin llegó. Me obsesioné en buscar y conseguirme antes de mi entrevista con la prensa (tenía que estar en el lobby a las 10 30), la música que iría de fondo en mi video. Yo siempre he hecho los videos con la música como elemento organizador del material y el hecho de no poder usar cualquier canción y tener que limitarme a usar una de las -no tan buenas- canciones que venían puestas en el iPad me tenía preocupadísimo. Así que me duché rápido me tomé un cerdo desayuno de nutecino® (más conocido como tocino con nutella) y partí decidido a encontrar y grabar en vivo una canción que me acomodara al tiempo y ánimo que tenía pensado para el video.

Lo primero que hice fue ir a la casa de mi nuevo amigo Ariel que había conocido el domingo a preguntarle si sabía de algún músico o músicos que me pudieran ayudar. Su casa quedaba a dos cuadras del hotel, es decir en un lugar bien turístico y fue muy bacán mirar a los bicitaxistas que me gritaban taxitaximyfriend con cara de yo soy de aquí y desaparecer metiéndome a un edificio residencial. Ariel y su señora Rosita me hicieron pasar y antes que les preguntara cualquier cosa me tenían tomando café sentado en una reclinadora mientras me hablaban de poesía y me regalaban libros de José Martí. Cómo me sorpendí cuando vi el reloj y ya eran casi las 10:20! No estaba ni cerca de tener solucionado el tema de la música y me tuve que ir al hotel corriendo a buscar la polera negra que me pidieron que usara en la entrevista.

Entrando a la pieza suena el teléfono y era Sam, una de las organizadoras principales de Saatchi, diciéndome que la entrevista se adelantó y que me estaban esperando en el lobby para partir al malecón. Nos fuimos apretados en un bicitaxi Sam, Ivaylo de Bulgaria y yo y llegamos en 5 minutos. En la costanera, me estaba esperando un equipo de videógrafos ingleses debajo de un quitasol y me dijeron que la entrevista sería en inglés para que quede todo el video de registro en un solo idioma. Eso no me gustó nada. En fin, me hicieron varias preguntas tipo, como por qué crees que te deberías ganar el año sabático, cuál es tu destino favorito y cosas así. Al final no fue tan terrible porque los periodistas entendían que estaba nervioso y pedían respuestas cortas y concisas para que el video fuera rápido así que si me equivocaba podía repetirlo sin problemas.  Terminanda la entrevista y sacándome eso de la cabeza pude disfrutar por fin del lugar en el que me encontraba: el famoso malecón de La Habana.

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La cámara me ama.

A esta costanera cubanos y turistas recurren para descansar y darse un respiro de vez en vez. Caminar por kilómetros mirando el mar, a los pescadores, la ciudad al fondo, al relajado ritmo cubano es una experiencia que pareciera estar construída. No quiero ponerme fome pero desde el punto de vista arquitectónico/urbanístico, el malecón es un paseo que juega con tu estado de ánimo; te obliga a resignarte a pensar que queda mucho por recorrer y que no te queda otra que bajar el ritmo. si estás apurado automáticamente el ruido del mar y el recorrido parejo no te dan otra opción más que respirar lento y desprenderte de un paso del tiempo que en Cuba parece que no existiera. Incluso está hecho a la altura perfecta para sentarte cuando quieras mirando al mar o, si prefieres, a la calle.

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El Malecón. Foto: Richard Heald

Me fui por las ramas. El malecón no lo recorrería el martes si no el miércoles. Ahora me quedaría pegado hablando con Yaomí y Verónica, dos “cuentapropiístas” (trabajadoras con negocios no estatales) que estaban dándose un respiro en la mitad de una agotadora semana y se habían tomado el día (les recuerdo que era martes). Al lado del lugar de las entrevistas ellas estaban viendo por qué estaban las cámaras y en cuanto terminé se acercaron a mí a preguntarme qué onda. Les conté del concurso, del premio, del video y de qué tenía que hacer y me ofrecieron hacerme un tour por su verdadera Habana más cotidiana a cambio de unas cervezas. Caminamos unas 10 cuadras hasta adentrarnos un poco en la ciudad, alejándonos de la Habana Vieja, lugar que ya estaba empezando a conocer por su cercanía al hotel, y nos subimos a un bicitaxi para que me llevaran al mercado. Me dijeron que para que pasara un poco más piola me transformara: me dijeron que me pusiera la mochila de una manera menos turista, que caminara más suelto, y que me sacara las manos de los bolsillos, no porque fuera mala educación sino porque daba “una mala impresión. Yaomi me dijo que así pasaría más por estudiante de intercambio y no como gringo entrometido.

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Esta foto la sacó Richard mientras me entrevistaban. El de verde es Thomas, un francés coordinador del concurso de Havana Club, y el de negro es Ivaylo esperando su turno para la entrevista. Las de atrás son Yaomí y Verónica.

Con tanto cambio de apariencia me empezó a entrar una paranoia no menor y les pregunté qué estábamos tratando de evitar. Eran buenos para asaltar los cubanos? Me contestaron con un no rotundo, que en Cuba no hay lanzas, que nadie se atrevería jamás a robarle a un turista sin su consentimiento. Cómo así? Las estafas a los turistas son hechas por cazaturistas expertos en el tema, más conocidos como  jineteros. Ellos estafan y engañan a los extranjeros confundiéndolos con los cambios de monedas o diciendo poder conseguir habanos baratos y desapareciendo una vez recibida la plata. Así que tranquilo chico que no hay problema, que el cambio de aspecto es para que el video salga más natural. Velaban por la veracidad de mi video.

Llegamos a un decepcionante mercado con gente común y corriente con actitud de mall pero en condiciones más cubanas: edificio antiguo y oscuro, en vez de tiendas, puestos con manteles y cachureos, y gente con actitud de lunes. Eso último sí que era raro, hasta ese momento solo me había topado con gente en actitud de fin de semana. Salirme del mundo turista y meterme a la rutina habanera era algo que estaba buscando pero no me pareció nada atractiva para mostrar en el video. No es que quisiera mostrar solo la cara bonita e ignorar la parte fea de la cultura pero en verdad me daba lata mostrar a gente con actitud de metro de Santiago en un video sobre la sabrosura cubana y su expertise en cómo vivir la vida. Así que salimos de ahí, les agradecí a las dos con un par de cervezas por el paseo y me fui a caminar solo por Centro Habana.

Recorriendo, me metí a un par de librerías, y, obviamente, solo se mostraba un lado de la moneda ideológica y eso se sentía rarísimo. Uno está acostumbrado a mirar con un ojo crítico cualquier afirmación política, ya sea en internet, en la biblioteca de la universidad, en un cartel de la calle, etc. En esa librería y en todas a las que pude entrar, solo vi libros y tratados de lo bien que iban los Castro y su revolución, de cómo el imperialismo gringo mató la economía de la isla y cosas por el estilo. Uno pensaría que a esta altura, con internet y con una aparente decadencia del control del estado sobre la gente, habría un poco más de variedad política pero, por lo menos en lo que uno podría encontrar en la calle como material complementario a una opinión bien fundada, solo existe una versión “correcta” de la realidad.

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Nada más normal que ver pinturas en la calle y al interior de las casas idealizando a los padres de la revolución. Foto: Richard Heald

Ya eran casi las 2 y toda la mañana se me había esfumado. No llevaba nada del video y ni siquiera tenía la música de fondo. Me ubiqué en cuanto vi la calle Neptuno, que es la que usamos la noche anterior para volver caminando al hotel desde la Casa de la Música y me fui directo a la casa de Ariel porque en nuestra conversación de la mañana algo comentó de un tal Raul “el trovador” y quería ver si podíamos hacer algo con él.

La actitud de Ariel y Rosita nunca dejó de impresionarme. En cuanto llegué y les demostré mi angustia por el tiempo que llevaba gastado partimos a caminar al otro lado de la Habana Vieja a grabar a Raúl, el trovador. En el camino me relajé de nuevo con el city tour que me estaban dando. Me mostraron iglesias, un taller de serigrafía y el asilo estatal en el que vive Raúl. Sí, “el trovador” tiene 80 años y para entrar a su pieza tuve que dejar mi carnet en la entrada con un guardia con un gorro del Che. Nos recibió a los tres con mucho cariño y Ariel, muy ansioso, le pasó la guitarra para que me mostrara su versión de Guantanamera.

Yo pensaba que esto se iba a demorar un segundo, que íbamos a grabar y que yo iba a seguir haciendo mi video pero resultó ser una clase de ritmo cubano en todos los sentidos: sobre cómo se toman el tiempo para hacer las cosas aunque estén apurados y cómo la música la llevan en la sangre. El trovador tomó la guitarra, se demoró como un minuto en acomodarse en su reclinadora, medio minuto en acomodar sus dedos tiritones en el acorde que estaba tratando de recordar y el primer rasgueo fue fatal. Una nota desafinada y suelta como la de un adolescente tocando por primera vez. Ahí si que me preocupé.

Igual, y por cortesía, por todo lo que habían hecho Ariel y Rosita por mí, agarré el iPad y empecé a filmar sin esperanza lo que sea que siguiera. De un segundo a otro se acordó cómo tocar y qué manera de tocar! Qué bien cantaba y qué pasión le ponía! No tiene mucho sentido describir la canción pero les juro que es lejos pero lejos la mejor versión de Guantanamera jamás interpretada. Nunca me esperé esa calidad. Tocó varias canciones más y las grabé casi todas. Sus vecinas de pieza se asomaban por la ventana y le gritaban “todavía con la guitarra Raulcito!”. No había como callarlo! Pasó más de una hora tocando y después de terminar con “Si vas para Chile” me dio un cálido abrazo (sin despegarse de su reclinadora) y me despedí de todos.

Eran alrededor de las 5 ó 6 de la tarde, me había cundido poco pero tenía harto material de Raúl cantando para hacer un video muy bonito- El problema era que, a menos que hiciera magia con la edición, el video quedaría bien lento. Así que concluí mi jornada de filmación y me retiré a mis lujosos aposentos del Hotel Parque Central a pensar bien y de una vez por todas en la estructura del video para poder tomar una decisión de qué grabar específicamente el próximo día.

Motivado por las imágenes de Raúl que tenía registradas en el iPad, traté de meterlas en la idea que venía pensando desde hace más de un mes. Sabía que el video tenía que ser dinámico, creativo, original, que dijera mucho de la cultura cubana (lo bueno y lo malo) manteniéndose siempre optimista y positivo. Sabía que entre los jueces que decidirían quién se ganaría el viaje por el mundo habría dos directores de cine y que el material no sería juzgado solo por su contenido sino que también por su forma, por lo tanto no podría ser fome. ¿Cómo mostrar en un video de 3 minutos el ritmo relajado tan característico de los habaneros sin volverlo aburrido y tedioso? Usando lo que ya tenía grabado ¿Qué pasa si me colgaba de los clichés que nos llegan a los turistas como las viejas fumando habanos, los autos antiguos o la misma canción Guantanamera y los analizaba a concho hasta llegar al fondo de la cultura?

Me acordé que entre las largas conversaciones con Rosita, ella me contó que declamaba muy bien a José Martí, el autor de la poesía que le da la letra a la canción de Guantanamera. Así que me decidí por eso: el próximo día iría por tercera vez a la casa de esa simpática pareja a grabar a Rosita declamar los versos originales de la canción cubana más cliché y conocida por los extranjeros como yo. Ese sería un concepto interesante que podría unir todo el material que llevaba y que sabía que diría mucho de la verdadera esencia musical de la Habana, es decir de mi interpretación personal de la “esencia de la Habana”. Podría poner la música de fondo y la declamación encima y una vez filmado eso, me dedicaría a analizar otros clichés. En la noche del próximo día editaría y así, quizás alcanzaría a terminar a tiempo. Estaba decidido.

Desligado a medias del video por el momento, y un poco más tranquilo, eran casi las 8 de la tarde y mi exigente vida social de rockstar me llamaba. Nos juntamos en el lobby como siempre y partimos en bus al restorán privado Le Chansonnier. Me senté con la Nati, Calan, la jueza Vicky, Leenke de Bélgica y varios brand managers que no se integraban con el mismo entusiasmo de los finalistas. Todos comimos Pato Le Chansonnier que por el puro nombre se cacha que estaba exquisito. En el itinerario la comida era entre 8 y 11 pero a las 9:30 ya estábamos todos listos y como estaba organizado por ingleses puntuales nadie se paró de la mesa hasta las 11 en punto, obligándonos a todos a tener una sobremesa larguísima. En esa sobremesa hablamos del tiempo que llevábamos en La Habana, de lo que habíamos hecho de lo poco que quedaba y de lo que cada uno haría el próximo día, último día de filmación.

Yo les conté que Yaomí me había contado que a las 7 am, antes de que pegue el sol, en la Plaza de la Revolución habría un mega desfile de los trabajadores estatales que marcharían por la continuidad de la revolución y que, aunque fuera temprano no me lo perdería ni muerto. Además decían que hasta podría ir Raúl Castro. Todos se entusiasmaron (algunos ya sabían) y decidimos juntarnos el próximo día a las 7 en el lobby.

Publicado en La Habana
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