Nueva York, Día 12: 03/08

El día 12 fue probablemente el más ineficiente.

Nos levantamos tarde, lo admito: como a las 10. Pero la verdad es que después de tantos días madrugando, y des escribir los días 10 y 11 en el presente blog, estábamos medios agotados ya. Desayunamos nuestros cereales de galletitas, y caminamos por el barrio hacia Union Square para volver a la librería Strand. La caminata, ahora con un objetivo claro, más ubicados en Manhattan (porque somos muy top y nos ubicamos de lo más bien en Manhattan), se nos hizo corta, de no más de 15 minutos. Verdaderamente, la casa está demasiado bien ubicada, estamos a 15 minutos caminando de muchos lugares entretenidos, como el SoHo, Chinatown, etc. Pasamos por una placita cagona del barrio, que tenía las proporciones de la plaza de Armas y el cuidado de un jardín botánico, muy bonita. En verdad nos han sorprendido la cantidad de parques preciosos que se tienen como meras plazas de barrio acá.

Finalmente llegamos a la Strand (¡ahora sí hay fotos para probarlo!). Con la ayuda de uno de los tipos que atendían, que están todos muy bien preparados dentro de su área, terminé comprándome dos libros de Scott Fitzgerald a menos de diez dólares, mientras que Benja se compró el segundo libro escrito por Obama y otro escrito por el músico Benjamin Zander.

Salimos y ya eran cerca de la una, y teníamos ganas de comer (¿o tener? ¿o tomar?) un Brunch, pero era todo carísimo. Tengo dos teorías para explicar el precio (mínimo 20 dólares por persona). O simplemente le suben 10 dólares a cada plato de panqueques por ser la 1 en vez de las 10 am., y los Brunch son un trade mark de Nueva York, o por esos exorbitantes 20 dólares te dan un plato de 8 panqueques más unos huevos refritos en aceite del chancho completo hecho tocino que lo acompaña, plato totalmente indigerible (véase el desayuno del día 2), incluso para abarcar dos comidas.

Decidimos separarnos para comprar cada uno las cosas que le interesaban. Benja fue a B&H a ver cosas de cámaras y otros. Lamentablemente, como ya había comenzado el shabbat y los dueños son judíos ortodoxos, estaba cerrada. Igual pasó por una tienda de maquillaje para efectos especiales con máscaras, heridas falsas y otros, que le encantó. Se quedó harto rato y hasta le compró un regalo a Tomás. Paseó, se comió una pizza y caminó hasta el Empire State, donde habíamos quedado en juntarnos a las 3.

Por mientras, yo volví a una tienda de repostería que queda en la 22, entre la 5ta y la 6ta, donde le compré unos moldes de cocina a la Ade, mi hermana. Cuando salí pasé por una sanguchería y me compré lo más barato, un Peanut Butter & Jelly Sandwich. Me costó $2.50, lo que me hizo muy feliz, hasta que me di cuenta de que había pagado 1250 pesos más o menos por algo que para los gringos obesos es como un pan con mantequilla de cada día. Caminé hasta el Madison Square Park y me senté a comerlo en silencio al lado de un español (como descubrí después) al que se le sumó un mexicano chico y guatón a los pocos minutos. Como pensaron que yo era gringa, hablaban a todo volumen sin censura. Estaban esperando a otro, que recién le había avisado al mexicano que llegaría como a las 4, wei. El mexicano, que era más viejo, le contaba al español cómo todos los famosos en los Estado’ Sunidos habían partido mopando pisos, que Marilyn Monroe fue la mejor mesera de la 42, que Eminem antes era pobre, y que él no se había hecho famoso porque se había dedicado solo a las mujeres en su juventud, wei. Cada cierto rato ponían un paréntesis a la conversación para comentar las mujeres que pasaban: al español, más joven, le gustaban las flacas estilizadas, mientras al mexicano le gustaban las carnudas de muslos abundantes. Después el mexicano habló de su antiguo carrito de hamburguesas, el mejor de su esquina, donde vendía no sé qué combo por 1.50 dólares. Entre los dos, vestidos de uniforme de funcionarios de alguna compañía grande, resumían el sueño americano. Tipo 2:15 me paré y me fui, abandonando la conversación propia de Tarantino, para irme con clama al Empire State.

En el camino no vi nada interesante, salvo una heladería armenia donde además de helado vendían unos tigres de cerámica tamaño real, ho-rro-ro-sos. Una vez en el Empire State nos encontramos con Benja y caminamos unas cuadras para abajo, hacia el Mosex, The Museum of Sex. Es un museo el la 5ta Avenida que trata el sexo dentro de la cultura y sus distintas manifestaciones en el mundo. Las exposiciones iban desde una sección dedicada a Tango, un pingüino criado por dos machos, hasta una sección con un ranking de las 50 palabras más buscadas respecto al sexo en internet. Si uno lo tomaba simplemente como el objeto de estudio que es, despojándose de los prejuicios culturales, el museo era bien interesante.

Salimos como a las 5:30 y nos encaminamos hacia el Whitney Museum of American Art, en metro. Como era Viernes, el museo cerraba a las 9, así que estábamos bien de hora. Cuando por fin llegamos, había una fila de 2 cuadras que avanzaba lento, así que nos dio lata y decidimos volver el Domingo. Caminamos por el Central Park hasta la 59, y de ahí bajamos por la 6ta hasta Bryant Park.

Entrando al parque había un loco haciendo una especie de arte marcial solo en una esquina. Pasamos a un metro de él, comentando cuántos locos habíamos visto. Unos segundos después de ese comentario, nos dimos vuelta y vimos justo como le pegaba un combo (suave, pero igual), a una galla que iba pasando por ahí. Otro peatón le empezó a echar la foca, tras lo cual el loco tomó una silla y comenzó a agitarla por el aire de manera muy agresiva. A mí me dio miedo y me quise ir, pero Benja se quiso quedar mirando porque le gusta la acción, así que miramos desde unos cuantos metros. Los siguientes 3 minutos fueron como de película gringa. Entre todos los que iban pasando por ahí, totalmente desconocidos entre ellos, comenzaron a sujetar al tipo mientras una galla llamaba a los pacos. El tipo salió corriendo descontrolado y cruzó la 6ta avenida en plena roja peatonal, y se salvó de milagro. En la otra esquina, otros completos extraños, buenos ciudadanos, lo sujetaron mientras llegaba la NYPD para arrestarlo. Le pusieron unas esposas y, suponemos, le dijeron “You have the right to remain silent. Anything you say or do can and will be held against you in a court of law.”

Ya era tarde y estábamos cansados. Nos tomamos el metro que nos llevaba, supuestamente, directo a la casa. Sin embargo, a unas tres estaciones, el conductor dijo en su dialecto ininteligible que solo los neoyorquinos entienden (en verdad es un solo sonido en masa con leves variaciones de tono) que teníamos que bajarnos y hacer cambio de línea, porque estaban reorganizando la ruta. Tomamos el tren que creímos que había dicho el conductor de boca anestesiada, y que solo nos alejó unas dos estaciones. Salimos y decidimos definitivamente tomarnos un taxi. A unas cuadras de la casa, nos bajamos y pasamos a comer unas hamburguesas bien ricas, que Benja no pudo comer porque algo se había comido recién (ya ni me acuerdo).

Caminamos hacia la casa y nos acostamos temprano, para tener energía para lo que, ya verán, sería un día intenso.

Desde el segundo piso de la Stand Bookstore.

Les dije que era grande

Después del fallido Brunch nos separamos: yo con mi cámara y la Amalia sin la suya. Me quedé pegado en una tienda de disfraces y accesorios de maquillaje pro. Muuuuy entretenido.

Al llegar a B&H (una tienda de juguetes eléctricos, los dueños judíos estaban cerrando por Shabbat así que no pude entrar pero fue bien choro ver a todo un barrio lleno de judíos ortodoxos. Formalísimos e impecables.

Nos juntamos en la entrada del Empire State. Yo llegué unos 20 minutos antes para conocer el edificio. La fila y el precio por subir al mirador me obligaron a Conocer solo el hall.

Un afiche en la entrada del MoSex. Yo lo encontré genial.

Una de las muestras más del museo del sexo. Adivinen qué pasa cuando uno pedaleaba (te dejaban pedalear!)

Tríos de ciervos, orgías de serpientes y sexo por placer de los delfines eran algunos de los fenómenos sexuales en la sección de animales del museo.

La fila para entrar al Whitney Museum llegaba casi hasta la otra esquina de la cuadra así que lo dejamos para otro día.

Después del museo, fuimos a dar una vuelta al central park que siempre sorprende por su calidad.

Al final del día fuimos a la esquina a comernos unas hamburguesas. Como todas las que nos hemos comido, exquisitas.

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Publicado en Viaje a Nueva York

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