Nueva York, Día 15: 06/08

Últimas horas del mejor viaje de nuestras vidas

Nos despertamos temprano porque teníamos mucho –mucho- que hacer, y teníamos que estar en el aeropuerto como a las 4:30, lo que significaba salir por lo menos a las 3. Dejamos nuestro desastre des-organizado tal como estaba y como despedida de nuestro viaje y de la vida gringa fuimos a desayudar al IHOP: International House of Pancakes. Se trata de una cadena nacional promotora de la obesidad donde ofrecen todo tipo de panqueques a toda hora; una franquicia desalmada de ambientes inhóspitos en cuyo local, que queda en la 14, no se ve la luz del sol, pero que ofrece unos panqueques que comería en toda comida, todos los días. Nos pedimos una porción de niño (obeso/atómico) cada uno, que consistía en 4 panqueques gruesos con mucho syrup y crema. Los de Benja eran de canela y los míos tradicionales. En la mesa de al frente había una pareja de obesas mórbidas que se pidieron una porción normal cada una, además de extra crema. Hasta el último día, los hábitos alimenticios gringos no dejaron de sorprenderme.

Cuando salimos nos separamos con Benja para hacer nuestras compras respectivas. Él fue a Best Buy a comprar cosas tecnológicas que le encargó Willy, y yo en busca de un set Pantón muy específico de colores que me había encargado mi papá. Como no sabía muy bien qué estaba buscando, fue una proeza encontrarlo. Primero fui a una librería atómica que quedaba en la tercera avenida, a la altura de la 50, donde me miraron raro al hacer mi pedido, a lo que yo respondí con mi cara de idiota al no saber qué carajo estaba pidiendo. En resumidas cuentas, no tenían la cosa esa, pero me dieron el dato de dos librerías que podrían tenerlo en la calle 23. Como yo ya estaba más arriba, decidí pasar por un H&M por última vez para comprarme cosas en oferta: me compré tres poleras lisas y un pack de tres calcetines a menos de 20 dólares. Y aprovechando que ya había subido un poco desde la 50, (H&M quedaba como en la 55), caminé mis últimas cuadras hasta la 59 para despedirme del Central Park. Paseé por su ladera sur mirándolo desde la vereda, y no fue poca la tentación de ir a tirarme en el pasto y quedarme de inmigrante ilegal en vez de ir a buscar librerías y después a hacer mi horrorosa maleta. Pero la cuadra se acabó y llegué al metro Colombus Circle, que debía tomar para ir a la librería.

En el camino entre el metro –una vez que salí- y la librería, pasé por una iglesia que habían remodelado por dentro y convertido en multitienda. Como tenía poco tiempo no entré, pero me llamó la atención como hasta el último momento, Nueva York es de otro mundo, sobretodo para alguien que viene de un país tan conservador como Chile. Finalmente encontré la librería, y en ella, el misterioso producto que me encargó mi papá. Cuando salí del trámite caminé hasta la 14 y pasé por Union Square. Nuevamente, me dieron unas ganas enormes de quedarme ahí para disfrutar esta vida (enfatizo el término vida) de parque/plaza, así que se me ocurrió comprar almuerzo en un supermercado de al frente para los dos, para comerlo en Washington Square, que visitamos el primer día. Entré a un supermercado orgánico y compré unos sándwiches que se veían suculentos. Quise aprovechar la ocasión para comprar productos de cocina que no hay en Chile, como chips de mantequilla de maní y light corn syrup, pero como el supermercado era orgánico y lo que yo quería comprar se asociaba más con la línea de la toxicidad y los cancerígenos, tuve que pasar a otro supermercado más indecente, donde sí los encontré.

Ya se hacía tarde y habíamos quedado con Benja en encontrarnos a la 1 en el departamento, y como él tenía las llaves y no había forma de tocar el timbre, debíamos ser puntuales para no tener percances y que ninguno se quedara afuera. Como último capricho cosmopolita me tomé un taxi, y jugué a ser local al darle instrucciones para llegar con mis bolsas de supermercado en la mano. Me sentí una neoyorquina cualquiera. Llegué justo a la una y Benja me esperaba afuera, había llegado recién de comprar sus cosas tecnológicas, además de una maleta para llevar todas nuestros cachureos. Hicimos las maletas bien rápido (entiéndase, menos de dos horas) y salimos a comernos los sándwiches que había comprado a Washington Square, pero como ya eran pasado las dos, nos quedamos en una plaza entre la primera y segunda avenida, muy de barrio, por donde pasamos todos los días camino al metro. Fue una buena forma de terminar el viaje: una experiencia más cercana a lo local que a lo turístico. Habían niños jugando, una señora leyendo, y muchas ardillas; fue tranquilo y muy bonito terminar así.

Y llegó la hora fatal de irnos al aeropuerto. La Luis Guatón que compró Benja no era de la mejor calidad, y como le pusimos las cosas más pesadas (brillante de nuestra parte), fue un cacho llevarla al metro, porque no se podía levantar, el mago se rompió a los 10 metros, y no tenía rueditas. Terminamos demorándonos como media hora en el trayecto que normalmente hacíamos en 5 minutos. Bajar las maletas a la estación tampoco fue muy expedito, sobretodo porque yo tengo la fuerza de una niñita de 5 años, así que Benja terminó bajando las 3 maletas él solo, yo ayudando a mirar que no se callera. En el metro todo estuvo normal, conversamos con unas gringas (una tenía un bigotito que no me dejó concentrarme en lo que decía), que nos preguntaron del terremoto en Chile, y después nos contaron de un supuesto temblor que hubo en Nueva York. Yo me mantengo escéptica.

En Jay Station hicimos combinación y, por suerte, el metro expreso que se demoró como una hora en pasar en la ida desde el aeropuerto justo pasó cuando llegamos. Nos costó darnos cuenta de que ese era el que necesitábamos (siempre es difícil decidir en qué dirección ir), y cuando nos dimos cuenta, faltaban un par de segundos para que las puertas se cerraran, así que tuvimos que correr, pero por suerte alcanzamos a entrar Benja, y,o las dos maletas grandes y la Luis Vuitton, cada uno en una pieza.

Llegamos al aeropuerto con tiempo. Del trámite cabe destacar que, para pasar por los censores, había que sacarse los zapatos y toda ropa que no fuera esencial (pantalón y polera), y vimos unos judíos ortodoxos sacarse como 5 capas de ropa. Además de eso, es digno de contarse que esperando al avión nos sacamos unas fotos buenísimas con la luz de la tarde al lado de la manga, desde donde se veía la silueta del Empire State muy chiquitita pero reconocible.

Está demás describir las pocas ganas que teníamos de irnos, ni siquiera echábamos demasiado de menos a nuestras familias, y mucho menos a Santiago. El prospecto de estar al día siguiente de vuelta en la rutina no era muy atractivo, menos comparado con la experiencia de vivir cada día con la meta de un nuevo lugar para conocer, un nuevo enigma esperando a ser resuelto. Desde la última vez que estuvimos en el JFK, cuando llegamos hacían a penas hacía dos semanas, pareciera que hubiera pasado un siglo. Realmente echaríamos de menos cada momento, desde despertarse todos los días con la posibilidad (y casi imposición) de conocer algo totalmente distinto, hasta llegar agotadísimos, con los pies llenos de ampollas a nuestro asfixiante sucucho. Sobre lo que aprendimos en el viaje en general, Benja se explaya con elocuencia en su entrada. Solo puedo decir que en ese momento constatamos que estábamos cerrando una de las experiencias más importantes de toda nuestra vida: el primer viaje grande financiado por nosotros mismos, abrirse al mundo de esa manera, y, sobre todo, darnos cuenta de que somos, recíprocamente, nuestros compañeros de viajes ideales.

Camino al IHOP nos encontramos con la iglesia del ciervo más fiel del Señor: San Estanislao, creador de los dulces san estanislaos

Camino al IHOP nos encontramos con la iglesia del ciervo más dulce del Señor: San Estanislao

El IHOP saca lo mejor de mí.

El IHOP saca lo mejor de mí.

Mientras la amalia compraba pantones yo fui a comprar un chip para mi hermano Willy al financial district donde la fila para entrar al Ground Zero seguía igual que la última vez que fuimos.

Mientras la amalia compraba pantones yo fui a comprar un chip para mi hermano Willy al financial district donde la fila para entrar al Ground Zero seguía igual que la última vez que fuimos.

En el air train camino al JFK.

Nos aseguramos de sacar una última buena foto antes de subirnos al avión camino a santiago.

Sacamos pocas fotos ese día pero nos aseguramos de sacar una última buena foto en el JFK antes de subirnos al avión camino a santiago. Qué buen viaje!!

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Publicado en Viaje a Nueva York

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