Hablemos de Calidad

A continuación, la última de las columnas de la tetralogía  de Cristián Eyzaguirre sobre la educación. Opinen abajo y el autor les contestará.

Viendo en retrospectiva, el hilo conductor que une a las columnas que he venido escribiendo las últimas semanas, y que lleva a mi tesis central, es uno: En el presente conflicto estudiantil, los diferentes actores han tocado todo tipo de temas menos el más complejo[1] y relevante para la educación chilena; cómo hacer una mejora en la calidad educacional.

El paso hacia el desarrollo parte por el perfeccionamiento de las habilidades intelectuales. Al constatar que, teniendo una coyuntura única para impulsar un movimiento como el actual, y habiendo hecho un diagnóstico inicial bastante acertado sobre nuestra deficiencia educacional, ese punto, esa discusión sobre cómo asegurar una generación de conocimiento cada vez mejor, se esté dejando de lado, podemos estar encontrándonos con la mayor tragedia del actual conflicto.

El movimiento estudiantil se ha instituido sobre tres consignas centrales: gratuidad, no lucro y calidad. ¿Pero hasta qué punto estas consignas han pasado de ser principales en el plano discursivo a ser centrales en la mesa de diálogo?

Mientras que en torno a la calidad ha habido un prolongado silencio, del lucro y de la gratuidad no se ha dejado de hablar. El problema es que la correlación entre estos dos últimos puntos y una mejoría sustancial de la educación es bastante más aparente que real.

Nada nos dice que entre calidad y gratuidad haya una correlación. Una cosa es exigir que nadie se quede afuera de la educación que merece, pero otra es pedir una gratuidad total como condicionante de una mejor calidad educativa. Esa correlación es simplemente falsa y bastaría con mirar al exterior y comparar índices de calidad de universidades públicas gratuitas con públicas pagadas para darse cuenta de ello.[2]

En torno al lucro, también parece haber un vacío en la lógica. Claramente si existe lucro en un sistema en donde la calidad no está regulada, los resultados serán funestos.[3]

Pero si la discusión parte por establecer criterios de calidad objetivos y mecanismos para asegurar esta calidad, entonces, más allá del dolor de guata que pueda provocarle a algunos que cierta gente eduque por ganarse unas lucas y no por altruismo, la calidad y el lucro no tendrían por qué ser incompatibles.

Pero aquí volvemos a lo mismo. Ante todo, para lograr establecer qué es realmente incompatible con una mejor educación, se debe partir estableciendo criterios sobre lo que se entiende como calidad educativa y al mismo tiempo idear métodos para velar por la aseguración de ésta. El irse a otros temas primero puede llevar a modificar las mismas bases y estructuras sobre las que funciona nuestro sistema, pero bajo ninguna circunstancia logrará modificar la evidente mediocridad de éste, problema central y núcleo de la desigualdad en Chile.

Más ganaría el movimiento, el gobierno y el país en la defensa y real mejoría de la educación pública, si nos pusiéramos a discutir sobre cómo contrarrestar  la desigualdad en donde ésta nace, o sea en la educación primaria y secundaria; si se viera cómo potenciar las alicaídas universidades regionales; y si nos hiciéramos cargo de que un país que honestamente busca el desarrollo, no puede conformarse con que su mejor universidad no esté “rankeada” ni dentro de las 300 mejores del mundo. Destinar dinero[4] para que las universidades públicas puedan pagar sueldos competitivos a profesores de calidad, para que éstos tengan facilidades para llevar adelante investigación e incluso para dotar de una correcta infraestructura a estas instituciones, reportaría muchos más beneficios a la educación pública, a la comunidad, al mismo desarrollo del país, que si destináramos ese dinero al ingreso gratuito de todos los alumnos a estas instituciones.

Hay que tener claro eso sí, que si el discurso de los dirigentes estudiantiles, que como mencionaba tiene evidentes fallas en su lógica y no necesariamente apunta a un mejoramiento sustancial en la calidad educacional, ha triunfado de tal manera, es porque los otros actores no han sabido idear una respuesta mejor.

Paralelamente, la Concertación muestra su evidente decadencia y desorientación producida por su, aún reciente, derrota. Se agarra del movimiento pero no lo complementa en ningún sentido. Tampoco le hace críticas. Si tuviéramos que definir su posición tendríamos que decir algo así como “Apoya, pero no apoya”. Así de perdidos están.

Al mismo tiempo el gobierno presenta a lo menos dos problemas. Por un lado ha propuesto medidas bastante chistosas (¿O mediocres?), como la creación de cincuenta liceos de excelencia, que parecen mostrar que ni ellos mismos se creen el cuento de que, a través de reformas profundas, nos vamos a poder pegar el salto en educación. Por otro lado éste también se ha ido blindando en torno a posiciones intransigentes, en el sentido de que niega rotundamente la gratuidad e insiste en “regular el lucro”, pero al mismo tiempo no logra crear un discurso alternativo, opositor, íntegro y convincente. No da alternativas muy reales a lo que presentan los estudiantes sino que más bien intenta “atajar” sus propuestas.

Pero claramente la falta de un discurso opositor no es solo responsabilidad de los grandes conglomerados políticos. La apatía y poco interés de ciertos grupos sociales también profundizan la crisis. En “El Antiguo Orden y la Revolución”, De Tocqueville explica cómo en la Francia pre-revolucionaria la elite de la nación se había colocado en una posición en que renegaba de todos sus deberes, relacionados con la dirección de la nación, pero al mismo tiempo exigía todos sus privilegios de casta. Creo que una actitud parecida se puede encontrar en la actual elite económica chilena.

Un buen discurso opositor al del movimiento podría centrar el progreso educacional en estándares de calidad claros, apuntando a metas definidas sobre el posicionamiento de Chile a nivel mundial, y asegurando justicia y paz social a través de un sistema meritocrático. Pero creo que una buena parte de esta elite económica, al darse cuenta de que un sistema meritocrático podría llevar, por ejemplo, a la “canalización” de los estudiantes[5]- quedando por una prueba un individuo impedido de estudiar en un determinado tipo de establecimiento, por mucha plata que tuviera esa persona y por muy privado que fuera el colegio o la universidad – perdería la convicción en el discurso opositor y se retraería a su posición original, apelando y amparándose, como lo ha hecho durante ya mucho tiempo, en el discurso cada vez más vacío de la libertad. Exigiendo los beneficios a los que les da acceso el dinero y defendiendo un individualismo a secas, mal entendido, pero sin hacerse cargo de sus deberes y de su rol en la dirección de la comunidad. Convenciéndose de que el movimiento es “demasiado político” y “sobre-ideologizado”. Negando que éste por lo menos está en lo correcto en su diagnóstico sobre el paupérrimo estado de la educación. Y conformándose con que el sistema chileno es “bueno para América Latina” y con que “nunca vamos a poder ser como los Chinos”. En fin, retirándose a una posición defensiva, de crítica destructiva, pero sin salir a confrontar ideas y proponer alternativas.

Seguir prolongando el conflicto, en torno a los puntos en los que éste se ha centrado, llevará inevitablemente al estancamiento, o incluso una más rápida decadencia, de nuestra educación pública, de nuestra sociedad, de nuestro desarrollo y de nuestro país. La necesidad de un proyecto educacional alternativo que se base en los puntos centrales para el desarrollo de nuestra educación y de nuestro posicionamiento a nivel mundial, es, a estas alturas, absoluta. De nosotros, como miembros de nuestra comunidad, dependerá hacernos cargo y hacer esto, o dejar que por momentum el conflicto siga su camino, desgastando a toda nuestra nación.


[1] Tal vez, por esa complejidad, no se han quiero hacer cargo del tema intencionalmente.

[2] Cosa de ver el caso de la UBA o la UNAM (Públicas gratuitas), en comparación con las Universidades Técnicas de India o la Universidad Nacional de Singapur (Públicas pagadas).

[3] ¡Oh sorpresa! El caso de Chile…

[4] Fiscalizando que éste sea correctamente utilizado por supuesto.

[5] Medida que propuse en “La Falacia Meritocrática en el Caso Chileno
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Publicado en Tetralogía Eyzaguirre

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