La Falacia Meritocrática en el Caso Chileno

La siguiente es la segunda columna sobre la educación que está escribiendo Cristián Eyzaguirre. Su primera columna “regalando pescados” fue publicada el domingo pasado y es parte de la tetralogía que se irá publicando de a una y de acuerdo al calendario que aparece aquí. Si bien es bastante extensa, el autor dice que vale la pena leerla para entender el mensaje proactivo final. Aquí un mensaje del autor:

“Entiendo y propongo estas columnas como la posibilidad de plantear y de hablar de ciertos temas que se están dejando de lado en el presente conflicto estudiantil. Temas que me parecen claves, tomando en cuenta tanto la realidad nacional como experiencias comparadas de procesos de reforma educacional, para el futuro de la educación de Chile, y por lo tanto, para el desarrollo de Chile en el mundo del siglo XXI.

Parecerá, al leerlas por separado, que no tienen mucha relación entre ellas. Pero prometo dejar clara su relación al momento de publicar la última columna. Por lo que pueden estar tranquilos.”



La Falacia Meritocrática en el Caso Chileno 

Existe en Chile, desde la última gran reforma estructural a la educación, el discurso de que lo que hace el sistema es premiar el mérito y asegurar la libertad de las personas para elegir. Como si Chile fuera una especie de Singapur o Estados Unidos, donde todos pueden elegir el colegio para ser educados y donde quien sea puede cumplir el “sueño chileno”.

Este discurso es a todas luces falso. En el Chile de hoy pesa más, en muchos casos, la cuna, que las habilidades individuales. El esfuerzo individual pasa a un segundo plano frente al dinero que tiene cada familia para financiar educación. La inequidad en la calidad educativa entre establecimientos raya en lo ridículo. La supuesta “competencia” que permitiría el sistema, sobretodo en torno al ingreso a las universidades, es desigual hasta tal extremo que ni siquiera puede llamársele competencia. Y para colmo la “Libertad” para elegir un establecimiento educacional, es solo una ilusión para muchos. Ya que esa libertad, en la realidad, solo existe en la medida en que se tenga plata para respaldarla.

¿Cómo se puede hablar de un sistema liberal y meritocrático cuando el esfuerzo y las habilidades individuales pesan menos que el ingreso disponible de cada familia? ¿Cuándo la libertad del sistema está solo asegurada para unos pocos? Quedando, los que no tienen esta libertad, en establecimientos que muchas veces no cumplen ni con requisitos mínimos de calidad.[1]

No critico la meritocracia. Incluso la incentivo, cuando funciona. En donde se ha aplicado de manera íntegra esta ha traído gran justicia, movilidad social y progreso. Pero si soy critico cuando ésta queda en una ilusión, en meras palabras, en inútiles discursos.

Se puede demostrar la falsedad del discurso meritocrático, en el caso chileno, desde diferentes puntos. Pero en honor a no latearlo me centraré solo en uno bastante ilustrativo: El deficiente, tardío, desigual, y poco competitivo sistema de selección estudiantil.

La primera vez que un estudiante chileno es medido bajo criterios estandarizados, de manera universal, y por una prueba que determinará, en parte, su futuro académico y profesional, es recién al salir de la educación secundaria, al rendir la famosa PSU. Cuando en promedio tiene 18 años.

La primera vez que un alumno se mide contra el resto. Para ver, en teoría, quien merece estudiar qué, según sus habilidades y esfuerzo. Es cuando ya ha pasado por toda la educación primaria y secundaria. Cuando ya trae todo el peso de más de 10 años de buenísima o asquerosa calidad educacional del colegio en donde estuvo. Ahí recién se le echa a competir con sus compañeros.

Esto obviamente trae terribles injusticias y costos para el país. Jóvenes no necesariamente tan capaces o tan esforzados, pero que tuvieron la posibilidad de optar por buena educación, pueden terminar teniendo un futuro más auspicioso que aquellos que no pudieron escoger su educación, tuvieron una pésima formación en el colegio que “les tocó”, y finalmente, por mucho esfuerzo y capacidades que tengan, no pueden surgir. Claramente la única real evaluación selectiva que tenemos, se realiza demasiado tarde.

Para pasar desde una meritocracia discursiva a una real se necesitarán a lo menos dos medidas centrales: La primera debe ser el establecimiento de criterios de calidad exigentes y estandarizados. La segunda establecer un sistema más selectivo, de medición más regular y desde una edad más temprana.

La primera medida es obvia. No establecer criterios reales de exigencia a los establecimientos educacionales (partiendo por los profesores de éstos[2]), ni tampoco una fiscalización efectiva, en un sistema donde se incentiva la libre creación de colegios, es absolutamente absurdo. Sobre todo cuando la realidad nos dice que algunos son libres de elegir y otros se deben conformar con el colegio que haya. Pero para hacer esto se debe partir por contestar la pregunta “¿Qué es educación de calidad?” y en base a esto establecer criterios que presenten una exigencia real, fiscalizando su cumplimiento[3]. Esto por lo menos permitirá que no haya gente que esté yendo a colegios, tanto públicos, subvencionados o privados, que no les ayuden en ningún sentido en su formación intelectual ni en su preparación a la hora de tener que medirse con sus compañeros.

La segunda es una medida que requerirá cambios más profundos a nivel estructural. También es una medida más debatible. Hacer una primera evaluación selectiva, universal y determinante para el futuro del alumno, cuando éste ha cursado solo unos pocos años de enseñanza, permitirá determinar con mayor seguridad las habilidades individuales de la persona y menos el peso que ha tenido el establecimiento educacional sobre el individuo. Para luego encauzar a cada uno hacia un área más propicia según sus habilidades.

Es muy distinto evaluar a alguien después de unos pocos años de colegio y a una edad en que todavía está en las etapas iniciales de aprendizaje, que evaluarla cuando ya ha pasado por toda la educación primaria y secundaria. La cual ya lo ha marcado, de manera perpetua, para bien o para mal. Se debe evaluar cuando la brecha educacional aún no es tan considerable, cuando aún no es insalvable.

No es una medida perfecta. Nunca he creído en la posibilidad de alcanzar el cielo en la tierra y esta no es la excepción. Pero a favor de esta opción se puede argumentar que hay bastante información comparada que muestra como una serie de países, muchos de ellos en situaciones parecidas o peores que la de Chile, aplicaron sistemas selectivos de éste tipo, teniendo excelentes resultados que impulsaron su desarrollo educacional y económico. Habiendo, de paso, un gran apoyo ciudadano por esta selectividad, ya que ésta se ha reflejado en el progreso educacional, económico y material del país.

Por ejemplo, como ilustra Oppenheimer en “Basta de Historias”, en Singapur los estudiantes, al salir de la educación primaria, deben presentar un examen de egreso. Este determina si entran a una escuela secundaria más centrada en áreas académicas (donde hay una serie de especialidades como ciencias, matemáticas, etc.) o si entran a una escuela secundaria técnica. Al salir de la secundaria nuevamente deben rendir otro examen de egreso el cual establecerá si entran a la universidad, a una escuela politécnica o a una escuela vocacional. En Finlandia, sistema educativo ejemplar, el sistema funciona en base a un promedio acumulado a lo largo de tres años. El que logra ese promedio accede al colegio secundario. El que no, pasará a una escuela vocacional. Unos años después, los alumnos que entraron en su minuto a la educación secundaria vuelven a rendir un examen de ingreso a la universidad, que establece en que universidad estudiará cada individuo.

No se trata de institucionalizar educación de primera y segunda clase, y por lo tanto carreras y personas de primera y segunda clase. Se debe entender, y esto ha sido clave en los lugares en donde sistemas de esta índole se han llevado a cabo, que la educación técnica o vocacional, no es inferior a la universitaria. Los estudiantes simplemente tienen diferentes habilidades y se desempeñan mejor en distintas áreas. Conducir a cada persona hacia áreas en donde muestran más habilidades o interés, a lo más será beneficioso tanto para cada individuo como para el país en general.

Si aún le genera desconfianza este punto, tal vez lo deje más tranquilo saber que las instituciones educacionales que más productos patentan, en muchas de las naciones con mejores índices educacionales, son las instituciones técnicas. Ya que la educación en estos establecimientos se centra más en la aplicación práctica y no solo en el aspecto teórico del conocimiento. Claramente los establecimientos técnicos no son, ni se entienden, como de segunda calidad o clase.

Para poder impulsar una medida de este tipo, en primer lugar se deberá cumplir con lo que mencionábamos más arriba: establecer estándares de calidad exigentes y lograr una correcta y real fiscalización de éstos. Luego se tendrá que establecer una edad para llevar a cabo la evaluación, o evaluaciones. Una vez determinado esto, se deberá pasar a realizar cambios estructurales en el sistema. Estos cambios habrán de instituir una organización en donde, desde el minuto en que el alumno es evaluado (sea al final de primaria, en algún minuto de secundaria, o cuando se estime más conveniente), haya colegios (que podrían ser tanto privados, subvencionados y públicos) centrados en preparar para carreras académicas, técnicas o vocacionales. Siendo el resultado de la, o las evaluaciones, determinante a la hora de establecer qué tipo de educación seguirá cada estudiante. El poder optar, o comprar, uno de estos tipos de educación, después de la evaluación, estará totalmente fuera de lugar ya que desarticula el sistema.

Como dije anteriormente, esta medida no es perfecta. Se puede argumentar que, aun realizando evaluaciones a una edad más temprana, igual pesa el entorno social de cada individuo, su familia, su grupo de amigos, su círculo cercano. También se puede criticar desde el punto de vista de que un sistema así puede ser excesivamente exigente y brutal. Estas críticas tienen su razón de ser, y algo tienen de verdad. Pero lo cierto es que, incluso tomando en cuenta estas objeciones, la evidencia nos dice que la aplicación de éstas medidas podría llevar a un nivel educacional de una calidad mucho más alta y también a la concreción del discurso meritocrático. A la concreción de un sistema donde verdaderamente se asegure la libertad, y la igual libertad, para todos. Donde se potencien las habilidades y se premie el esfuerzo de cada individuo.


[1] Hay establecimientos que son excepciones a esto. Pero como digo, son excepciones, nada más.
[2] Hay que tener en cuenta que en el año 2005, el ahora presidente del Colegio de Profesores, Jaime Gajardo, llamó a oponerse a cualquier tipo de evaluación docente.
[3] Punto especialmente relevante, tomando en cuenta que, en el actual conflicto estudiantil, la discusión en torno a la “gratuidad” y el “lucro” se ha llevado mucho más protagonismo que la discusión en torno a que se entiende por “educación de calidad”.
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Publicado en Tetralogía Eyzaguirre
2 comments on “La Falacia Meritocrática en el Caso Chileno
  1. Anónimo dice:

    Me parece bastante interesante lo que planteas. Eso si, no estoy 100% de acuerdo a que la meritocracia sea el discurso educacional y estructural chileno.

    Me parece, y quizás me equivoco por supuesto, que la democracia viene de rebote. Es secundaria ante la necesidad de repartir educación sin importar su calidad. Cuando a todos se les enseña, aunque no sea de la forma adecuada, está bien.

    Sería interesante que ahondaras en el tema de evaluación de niveles de exigencias.

    Felicitaciones y saludos

  2. […] Medida que propuse en “La Falacia Meritocrática en el Caso Chileno” GA_googleAddAttr("AdOpt", "1"); GA_googleAddAttr("Origin", "other"); […]

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