Contrálogo II: Homosexualidad y falacias

Llegué al siguiente texto a través de facebook y decidí publicarlo para ayudar a que se difunda. En él, su autor, Jorge Torres, se ríe de la enorme cantidad de falacias que tienen los argumentos que usan los más conservadores a la hora de discutir el tema de la homosexualidad. Aquí va:

 

Conservador: ¿Ha observado usted el tremendo revuelo mediático que ha causado la homosexualidad en los últimos días? ¡Qué espanto! Se pretende hacer de la homosexualidad un asunto normal, no faltaba más.

Liberal: Me permito disentir de su opinión, estimado.

Conservador: ¿Cómo? ¿Usted también es de aquellas personas que abogan por la institucionalización matrimonial de la homosexualidad? ¡Quién lo hubiera dicho! A todo esto, ¿es usted homosexual?

Liberal: No, pero eso da igual. Podríamos conversar al respecto. De hecho, me gustaría hacerle algunas preguntas. ¿Le molestaría responderlas?

Conservador: Si las preguntas no atentan en contra de la moral y las buenas costumbres, no tengo ningún problema en responderlas. Y dado que confío en su criterio, adelante.

Liberal: Bien, comencemos. ¿Por qué usted está en contra de la homosexualidad?

Conservador: La realidad es que me causa un poco de repulsión, lo cual le sucede a mucha gente.

Liberal: Ya veo. ¿Y cree usted que una sensación más bien anímica puede llegar a constituirse en una razón para su posición? De ser así, usted tendría que aceptar que basta la mera repulsión frente a la heterosexualidad para tomar una posición contraria a ella. ¿Pero no le parece esto un tanto caprichoso? Si nuestros desbalances hormonales tuviesen la última palabra, no sería posible ningún tipo de acuerdo. No olvide que un nazi también siente repulsión frente a un judío, o un racista también la siente por aquellos que no pertenecen a su raza. Sin embargo, el hecho de sentir dicha repulsión no es una justificación para tenerla y mucho menos para justificar derechos y deberes.

Conservador: Comprendo, el temperamento no es un argumento. Pues bien, si usted desea razones, eso es lo que tendrá.

Liberal: Escucho…

Conservador: En primer lugar, la homosexualidad es contraria a la palabra de Dios. El Génesis (1, 27) nos enseña que Dios creó al ser-humano atendiendo exclusivamente a dos géneros: el macho y la hembra. En Levítico 18, 22 se afirma que acostarse con un hombre es pecaminoso. Es más, la Biblia nos enseña que este acto debe ser penalizado con pena de muerte (Levítico 20, 13).

Liberal: Veo que usted es un buen lector de la Biblia. Ahora bien, su argumento presenta dos problemas: en primer lugar, usted no responde realmente a mi pregunta. En efecto, al apelar a una autoridad para defender su punto de vista, usted no aborda en lo más mínimo lo que le estoy preguntando: no me interesa saber quién lo dijo, sino las razones que tuvo para hacerlo.

Conservador: ¡Pero si lo dice el mismísimo Dios!

Liberal: Pero lo que está en juego, insisto, no es si Hitler, Dios o James Brown lo sostienen, sino el por qué lo hacen. Por lo demás, esto implicaría darle otro rumbo a nuestro diálogo, pues tendríamos que discutir si acaso Dios existe. Incluso concediéndole esto último, luego sería preciso discutir si acaso Dios permite tal o cual cosa desde un punto de vista moral. Dado que esto varía significativamente de cultura en cultura, tal asunto nos llevaría demasiado lejos…mejor volvamos a nuestro tema.

Conservador: Entiendo el punto. Pero dado que la palabra de Dios no puede contradecir a la razón, como enseña Santo Tomás, le daré unas cuantas razones.

Liberal: Disculpe, pero aún no he terminado. Recuerde que su argumento presenta dos problemas, ése era sólo uno de ellos. El segundo es que si usted es realmente consecuente con dicha posición, tendría que tomar medidas muy drásticas al interior de su vida.

Conservador: ¿Cómo es eso? No comprendo del todo…

Liberal: Descuide, tengo tiempo y paciencia. Me refería a que si usted toma a la Biblia como paradigma de conducta moral, entonces usted debería incluso modificar su dieta alimentaria y dejar de comer animales con pezuña partida (Lev., 11), considerar impura a una mujer que recién dió a luz (Lev., 12) y considerar impíos a los leprosos (Lev., 13), entre otras cosas. ¿Con qué criterio imita usted ciertas conductas de la Biblia y desecha otras?

Conservador: ¡No sea ridículo! Todos esos pasajes pertenecen al Antiguo Testamento y éste fue escrito en otros tiempos, cuando los valores eran distintos.

Liberal: ¡Concuerdo plenamente con usted! De hecho, esto es lo que estoy tratando de mostrarle. Me alegra que lo haya visto con sus propios ojos, pues nos ahorraremos bastante tiempo. En consecuencia, ¿por qué oponerse a la homosexualidad?

Conservador: ¿Pero acaso no se da cuenta usted de que la homosexualidad es contra natura? En todos los animales las relaciones sexuales son entre macho y hembra, lo cual está al servicio de la reproducción y mantención de la especie. Ahí tiene usted un argumento que no apela precisamente a Dios.

Liberal: Por cierto, pero de la mera constatación de un hecho usted no puede extraer una norma moral.

Conservador: ¿A qué se refiere con eso? Por favor, sea más explícito.

Liberal: Pierda cuidado, con gusto lo hago. Sucede que existen una serie de conductas en los animales que pueden ser observadas y descritas. Sin embargo, de que exista tal o cual conducta animal no se sigue, en caso alguno, que nosotros debamos imitar moralmente dicha conducta. Sin ir más lejos, los animales más evolucionados se golpean mutuamente en caso de conflicto, e incluso tienen relaciones sexuales a vista y paciencia de los restantes animales. Bajo su lógica, respetar la integridad del prójimo en una situación conflictiva, o tener relaciones sexuales en lugares privados, no deberían ser conductas moralmete permitidas, puesto que si lo hacemos actuaríamos contra natura.

Conservador: Bueno, es que…mmm….

Liberal: Asimismo, es un hecho el que los animales andan desnudos. ¿Acaso se sigue de ello que también nosotros debamos hacerlo?

Conservador: ¡Por supuesto que no!

Liberal: Pues bien, entonces usted me concede lo siguiente: el que los animales hagan tal o cual cosa no es un motivo para fundamentar lo que nosotros deberíamos o no deberíamos hacer. Un problema es lo que los animales hacen o no hacen de hecho; otro problema, radicalmente distinto, es qué deberíamos hacer nosotros. De modo que vuelvo a la pregunta inicial: ¿Por qué deberíamos considerar a la homosexualidad como algo moralmente reprochable?

Conservador: Mmm…sucede que…mmm. Eso depende de lo que usted entienda por “naturaleza”. Yo, en realidad, no aludía a un estado meramente animal de la evolución biológica, sino a la naturaleza propia del hombre, a su esencia. En este sentido, la homosexualidad efectivamente es contraria a la esencia del hombre, a su naturaleza más propia.

Liberal: ¿Aaah si? Veo que usted juega con la ambigüedad del concepto “naturaleza”. Con todo, para que su argumento fuese exitoso, usted debería contar con una definición de la esencia humana. Sólo así usted puede saber qué es coherente con ella y qué no.

Conservador: Pero eso está fuera de toda duda. Ya decía el viejo Aristóteles que el hombre es un animal racional. Aunque no ahondemos en algo tan problemático. Sólo basta con analizar la naturaleza de la pareja humana, es decir, el fin propio de las relaciones de pareja.

Liberal: ¿Y cuál sería dicho fin propio?

Conservador: Me extraña que me lo pregunte, pues es bastante obvio: la reproducción. Los seres humanos se unen a través de vínculos matrimoniales con la finalidad de reproducirse. Dado que esto no es posible en relacionanes homosexuales, se sigue que dichas relaciones atentan en contra de la naturaleza misma del vínculo matrimonial.

Liberal:  Su postura es bastante curiosa, quizás contradictoria. Su argumento deja entrever que usted reduce las relaciones humanas de pareja a la mera reproducción sexual. Sin embargo, esto es justamente lo que no nos distingue de los restantes animales, pues todos los mamíferos se unen con vistas a la reproducción. En consecuencia, el fin propio de las relaciones de pareja humanas no puede ser aquello que precisamente es común a otro tipo de relaciones animales no-humanas. Por lo demás, eso implica una visión demasiado simplista de las relaciones humanas. ¿No cree usted, acaso, que los seres humanos somos capaces de experimentar emociones tremendamente complejas que no se dejan reducir, sin más, a la mera reproducción? Reducir los vínculos humanos a la mera reproducción implica desconocer esa grandeza que usted mismo, como creyente, defiende en otros contextos. ¿O acaso es el ser humano un animalito más que sólo se une con la finalidad de perpetuar la especie?

Conservador: como cristiano, creo que el ser humano es un ser trascendental que no puede ser reducido al reino puramente animal.

Liberal: ¿Y por qué no aplica esa misma lógica a las relaciones de pareja? Al sostener que el fin propio de las relaciones de pareja es la reproducción sexual, usted cae justamente en aquello que quiere evitar.

Conservador: Uuuuf…me pone usted en una situación extremadamente difícil. Está bien, en realidad la homosexualidad es contra natura por sus consecuencias. Es evidente que si todos fuésemos homosexuales, nuestra especie se extinguiría progresivamente. Por ende, la homosexualidad no permite la conservación de nuestra naturaleza.

Liberal: Usted tiene toda la razón, pero no es ése el asunto que nos ocupa. Usted me atribuye una posición que yo no he defendido. En ningún momento he sostenido que la homosexualidad es un deber moral y que por ende debe ser practicada por todos, sino sólo que aquellos que quieran practicarla no deberían encontrar un impedimento moral a la hora de hacerlo. Como puede ver, en mala hora su argumento es una razón en contra del mío…

Conservador: ¡No faltaba más! Entonces permitamos las relaciones homosexuales. Ya verá usted cómo después se permitirá la poligamia, la zoofilia y otras tantas perversiones sexuales. ¡El mundo se trasformará en una nueva Sodoma y Gomorra!

Liberal: Usted no puede sostener que la homosexualidad es una perversión sexual.

Conservador: ¿Por qué no?

Liberal: Porque eso es precisamente lo que estamos debatiendo, de modo que usted no puede utilizar como argumento aquello que se está poniendo en duda. Por lo demás, todas esas consecuencias no deseadas no existen más allá de su propia imaginación. La evidencia empírica muestra más bien lo contrario: todos los países que han aceptado la práctica de la homosexualidad, tanto moral como legalmente hablando, no practican ninguna de las conductas enumeradas por usted.

Conservador: ¿Y la salud psíquica de los niños? Pues supongo que usted debe estar a favor de que los homosexuales puedan adoptar niños. ¡Cuánto mal les haría a ellos! ¡Pobres criaturas!

Liberal: Nuevamente usted habla más rápido de lo que piensa. Para que se les produjera un mal a esos niños, la homosexualidad debería ser repudiable desde un punto de vista moral (bajo el supuesto de que todo aquello que daña a terceros no debería ser aceptado moralmente). Sin embargo, eso es justamente lo que estamos discutiendo: si acaso la homosexualidad es un mal o no. Al postular que se les hará un daño a esos niños, usted utiliza nuevamente como argumento aquello que debería probar.

Conservador: ¡No hay caso con ustedes! Tropa de degenerados.

Liberal: Así es. En hora buena, no hay caso con nosotros…

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