¿Somos realmente verdes?

Les dejo una columna que J. Miguel Hernández publicó en el Post titulada “¿Somos realmente verdes?”.

La reciente aprobación del Proyecto Hidroaysén ha despertado el sentimiento verde que estaba dormido en el alma de este país. Lamento decirlo, pero, en mi opinión, es hipocresía pura.

Llevo más de 30 años dedicado a la observación ambiental, los últimos diez especialmente enfocado en el tema de las aves y, paradójicamente, otros 15 años trabajando como abogado especializado en materia de recursos renovables, especialmente en hidroelectricidad. Para mucho, un bipolar puro. Tal vez.

Como me he parado en ambas caras de la moneda, me ha tocado ver de todo. Sin duda, los proyectos hidráulicos generan un impacto ambiental significativo, pero lo cierto es que la vida cotidiana del chileno genera impactos incluso mayores. He recorrido Chile desde Visviri al Cabo de Hornos. Me ha tocado trabajar en Pangue y Ralco. He visto de cerca la pobreza extrema de los pueblos originarios, el abandono y destrucción de nuestros humedales, la contaminación de las playas, el descuido y la falta de implementación de nuestros parques nacionales y la ignorancia ambiental de nuestro pueblo en relación a su fauna y flora. En resumen, puedo decir que de “verde” este país no tiene nada. Y de eso, todos, sin exclusión alguna, somos responsables: el ciudadano medio, el empresariado, el Estado, los políticos, ambientalistas, universidades, científicos, todos.

Pero opinar es gratis. Y todos los partidos se ganan con el diario del día lunes. Es fácil oponerse a todo cuando se es un destacado animador de televisión que gana 50 veces más que un empleado medio, y que recibe ese sueldo astronómico precisamente por tener más televisores prendidos y vender los productos de sus auspiciadores. O sea, por consumir energía. Es fácil ser rico, comprar tierras para que nadie las produzca y estar dispuesto a pagar la energía más cara de América… total ese sobre costo es infinitamente  marginal a su fortuna. Qué fácil es ser ambientalista profesional, con disponibilidad de fondos líquidos en dólares y en euros, aportados por extranjeros que en su vida han tocado esta tierra. Lo mismo que ser parlamentario con sueldo 100 veces superior al ingreso mínimo, bonos por movilización e instalado en un edificio gigante con todas las comodidades de un palacete.

Pero qué difícil es ser pobre. Y en Chile hay 2,5 millones de ellos.
Usted mismo señor lector, pare y analice un segundo: tal vez no sea rico, pero le alcanza para tener una educación completa, un buen PC o un Mac en el que está ahora conectado. Ahora mire su entorno, ¿cuántas luces tiene prendidas ahora mismo?; ¿su computador es solar?; ¿el café que se está tomando lo calentó en una olla verde o en un hervidor eléctrico?. Usted señor twitero, ¿cuántas veces a la semana recarga su inseparable blackberry?, ¿puede vivir sin él?

Todos de una u otra manera usamos energía, y aún no hemos podido descubrir la manera de que ésta se produzca por generación espontánea o se trasmita inalámbricamente. Mientras estos avances no ocurran, vamos a tener que echar mano a todos los medios de generación y transmisión existentes. Ahora, si la pregunta es por dónde partir, indudablemente creo mejor ocupar los recursos renovables nacionales, antes que importar combustibles fósiles extranjeros. Pero si no están de acuerdo conmigo, podemos cerrar las minas, no vender más celulosa, apagar la televisión y leer, prohibir el uso de las redes sociales y los computadores, cerrar este mismo Post y sentarnos a ver cuántos miles de chilenos saldrán a reclamar a la calle. En ese caso no serían 30 mil jóvenes, sino que millones de empleados, dueñas de casas y ciudadanos comunes, que exigirían volver a su vida normal, no por comodidad, sino por sobrevivencia.

Aunque no queramos aceptarlo, nuestra vida consume energía y obtenerla tiene su costo.Entonces, si estamos condenados a ocuparla para vivir, cuál es la idea de oponerse a todo lo que diga relación con la producción y no cambiar nada respecto a su consumo. Este no es un problema de las grandes hidroeléctricas. Lo sufren las termoeléctricas, las líneas de transmisión, e incluso los parques eólicos. Y cuando nuestro desierto se llene de paneles solares, no les quepa la menor duda que aparecerán los “Atacama sin Espejos” para oponerse.

No nos engañemos, gran parte de la oposición al desarrollo energético del país viene de una crítica al modelo económico que, vestida de verde, cautiva a un pueblo ambientalmente ignorante, pero al mismo tiempo cómodo, consumista y aspiracional, que se sobre endeuda, repleta los malls y gasta cada día más. ¿Por qué esos mismos ambientalistas no reúnen a esos 30 mil jóvenes manifestantes para limpiar la desembocadura de los ríos o educar en el tema a nuestra población? ¿Por qué los ambientalistas sólo aparecen cuando hay un proyectos económicos detrás y no cuándo estos ya se ejecutan? Mientras se discutía Ralco, me tocó ver cientos de ambientalistas todos los veranos (en invierno hacía mucho frio) apoyando a las familias pehuenches del Alto Bío Bío. Cuando se construyó, ninguno volvió. Ya no era rentable.

Esta no es la opinión de un empresario rico, conservador o consumista. Si no que la da un abogado de clase media, liberal y amante de la naturaleza, que algo sabe del medio donde vivimos y de las múltiples falacias que se inventan para engañar a nuestra ignorante población.

Sólo un último minuto antes que me deje para responder este breve cuestionario:
-¿sabe cuántas especies de aves son endémicas de este país?
-¿sabe si en la cordillera de Arica hay Huemules?
-¿ha visto alguna vez una ballena?;
-¿puede reconocer con nombre las especies de pajaritos que ve desde el balcón o terraza de su casa?
-¿sabe diferenciar un Coihue de un Mañío?
-¿sabe el hábitat donde vive el Gato Colo Colo? (ojo que se trata de un gato montés y no un líder de la Garra Blanca).

Si tan sólo es capaz de responder la mitad de estas preguntas, puede sentirse con la libertad de asistir a cuánta manifestación y cacerolazo convoquen. Si no, siéntese a leer un poquito antes de reclamar.

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